Hoy duermo de nuevo en la casa donde crecí, en la casa de mi niñez. Nunca me he ido del todo, sigo estando en casa, aunque ya no es la que era. Está tan cambiada, y, a la vez, sigue igual. Son las mismas estancias con distintos muebles. Dejo volar la imaginación y, ante mis ojos, aquellos desaparecen y retornan la cómoda brillante y la mesita con la tapa de mármol. El cabecero de níquel o el sillón de neas. En mi mente hay guardado un recuerdo de cada rincón. Tantos sueños que se esfumaron. Sólo alguno ha llegado hasta hoy, cumplido o en espera. Otros nunca serán o fueron sustituidos. Las risas y discusiones vuelan a mi encuentro. El patio dónde jugaba, aquella pequeña piscina que ya no está, y que aliviaba la calor del verano a cuatro niños, tan distintos, nacidos de las mismas ramas. Sin cremas de protección solar, pero guardando las dos horas de digestión. La hora de la siesta, sagrada. En este patio pasé horas, días, leyendo, releyendo. La biblioteca pública...
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