¿Qué me pasa, doctor?
Alberto
Estoy muy asustado, y Sonia está tan asustada
como yo.
Hace
unos meses empecé a sufrir fuertes dolores de cabeza, después de muchas
pruebas, el veredicto. Tengo un tumor cerebral. Los médicos, aunque me han
recomendado una cirugía, no son optimistas. Creo que sólo quieren abrirme para
investigar. Pero tengo que intentarlo, Sonia sólo me tiene a mí, estamos los
dos solos en este mundo. La verdad es que desde que estamos juntos nunca hemos
necesitado a nadie más, creo que por eso no nos ha importado no tener hijos. Y
por eso nos hemos apartado de la gente. Ni familia ni amigos. Compramos una
casa en el campo, y nos aislamos de todos. Allí tenemos casi todo lo que
necesitamos, así que salimos poco al mundo exterior, como le llamamos. Pero
ahora la voy a dejar sola. No puedo hacerle eso, tengo que intentar sobrevivir,
así que mañana me pondré en manos de esos médicos que no creen que salga de la
operación con vida.
He
entrado muerto de miedo en el quirófano después de despedirme de mi mujer en
los pasillos, ella intentaba sonreír y acariciaba mi cabeza que ella misma
había rapado, pero veía el terror en sus ojos.
Me han dado un
relajante, pero no me hace mucho efecto, ahora toca la anestesia general. Esta
sí, oigo al personal de quirófano hablando, cada vez parecen estar más lejos, hasta
que el silencio me envuelve y caigo en un placentero sueño.
Ha durado poco, o eso
me ha parecido, las voces han vuelto. Intento abrir los ojos pero no puedo,
ellos charlan, se cuentan lo que han hecho el fin de semana. Mi cabeza, me
duele, pero es un dolor distinto, es como si me estuvieran cortando por dentro.
Quiero gritar, decirles que paren, pero no puedo. Alguien está diciendo que no
le gustó la película que vio.
«¡Por Dios, cállate, escúchame!»
Nadie se fija en mí, tienen que ver que estoy
despierto. Han dejado de cortar, por fin.
«¡No, eso no! —El de
la película ha metido sus manos en mi cerebro, noto sus dedos—. ¡Para! ¡Para de
una vez, maldito imbécil!»
Las ha sacado, por
fin, pero noto un vacío, parte de mí ya no está.
Pitidos, escucho un
pitido, están gritando.
«¿Qué pasa?»
Me están haciendo
daño, me están comprimiendo el pecho una y otra vez, duele.
«¡Ahhh! ¿Qué me
estáis haciendo? —Ha sido una descarga eléctrica en el pecho, me ha recorrido
todo el cuerpo. Eso es lo que hacen cuando se para un corazón—. ¿Me estoy
muriendo?»
—Es inútil, no
podemos hacer nada. Hora de la muerte, 18:20.
«¿Qué dices? ¿Estás
loco? ¡No estoy muerto, estoy aquí! ¡Qué alguien me escuche, por favor!»
—Cerradle, voy a
hablar con su mujer.
«¿Qué me hacéis
ahora? ¡Soltad eso! ¡Deja de coserme, no empujes así mi cerebro para dentro!»
Ha venido mi mujer,
está llorando encima de mí. Ella se dará cuenta, me conoce.
«¡Mírame!»
Noto como me
acaricia, empiezo a llorar, ella grita. ¡Se ha dado cuenta! ¡Sí! Ha llamado
pidiendo ayuda, viene una enfermera, intenta tranquilizarla.
—Señora, es un acto
reflejo del cuerpo, su esposo ha fallecido. Es lógico que reaccione…
Se ha quedado
callada, me está mirando. Lo sé porque yo también la miro, y la veo. Por fin he
abierto los ojos. Creo que puedo moverme. Intento levantar la mano, pero sólo
un momento porque cae y mi brazo queda colgando de la camilla. La enfermera
grita y sale corriendo.
Todo ha sido muy
rápido. Han llegado los médicos corriendo, me han hecho de todo. Han puesto
otra vez los electrodos.
—No hay señal, no es
posible, su corazón no late. El encefalograma indica actividad cerebral, pero
muy débil. Hemos debido tocar algún punto del cerebro para que pase esto.
—¿Y qué más da el
encefalograma? ¡El tío está muerto!
«¡Joder! ¡Qué no
estoy muerto! ¡Qué os veo! ¡Os escucho! ¡Y me estáis haciendo daño!»
Mi mujer está allí,
consigo levantar la mano otra vez y ella corre a sujetármela.
Pues he salido de ese
quirófano, aunque decir que he salido vivo es mucho decir. Me han trasladado a
una sala. Estamos mi mujer y yo nada más. Las enfermeras entran corriendo y se
van más deprisa aún.
Han pasado por aquí
todos los médicos del hospital. Me van a dar el alta. Demasiado pronto, creo
yo, después de la operación que me han hecho. Además, no estoy recuperado del
todo. Me muevo más, pero tengo los músculos rígidos y mis movimientos son
extraños, como espasmos. Y tengo hambre, mucha hambre. No me gusta la comida
del hospital. Pero como me voy a casa, Sonia cocinará para mí. Ella cocina muy
bien. Sí, me voy a casa. Creo que los médicos han metido la pata durante la
operación, han tocado donde no debían y ahora están asustados por si les
demando. Están muy asustados, se lo veo en los ojos cuando me miran. Todo el
mundo está muy asustado. Cuando me recupere hablaré con un abogado, creo que
vamos a sacar una buena tajada.
Ya llevo una semana
en casa. Sigo sintiéndome raro. No recupero el movimiento normal, y estoy
olvidando cosas. Pero ya no me duele la cabeza, ni nada, no siento dolor
ninguno. Sonia me cuida y me da de comer, pero sigo teniendo mucha hambre. Una
cosa rara, nuestro perro no se acerca, gime y está en un rincón con el rabo
entre las patas. ¡Si siempre me lo tenía que quitar de encima!
Me ha despertado el
llanto de mi mujer, la veo a través de la ventana. Ha hecho un agujero en el
jardín y está metiendo un saco. ¿Qué habrá en el saco? A quien no veo es al
perro. ¿Dónde se habrá metido? Qué raro, no tengo hambre, por primera vez desde
que me operé.
Me
ha vuelto a pasar. Recuerdo tener mucha hambre y, de repente, despertarme y ya
no tenerla, pero no recuerdo haber comido. ¿Dónde estoy? No es mi casa. Ahora
recuerdo, es la cochera, pero estas rejas no estaban antes aquí. ¿Cuándo las
puse? Me dirijo a ella, por el camino piso algo. Son huesos, hay sangre en el
suelo, mucha. ¿Quién ha dejado esta guarrada aquí? Hay una mujer ahí afuera, la
llamo, pero no salen palabras de mi boca, sólo escucho una especie de gruñido.
La mujer me mira, me resulta familiar, parece triste.
«………………………………………………………………………………..»
Sonia
—Los
médicos me dijeron que habías muerto, no me lo podía creer, pero se
equivocaron. Yo sabía que no me dejarías sola. Estás aquí conmigo. Es verdad
que ya no eres el de antes, ya no charlamos ni damos paseos, pero no estoy
sola. Yo te cuidaré, y te pondrás mejor. Tu aspecto es algo desagradable, tengo
que admitirlo, pero cuando te miro a los ojos te veo tal cual eras. Lo que me
preocupa es que apenas comes. Mira que te estoy haciendo los guisos que más te
gustan, pero no hay manera. Si sigues así te vas a morir.
—No
debí dejarte solo. La culpa ha sido mía. Sabía que no estabas bien. Pobre Roki,
con lo bueno que era. Espero que no haya sufrido y que muriera del primer
mordisco. Lo has puesto todo perdido. Tendré que enterrarlo en el jardín. Menos
mal que tenemos mucho terreno y aquí no me ve nadie, sino alguien querría saber
qué le ha pasado al perro. La gente se mete en todo. Lo bueno es que ahora sé
lo que necesitas, la carne guisada no es una opción.
—Has
terminado con todas las gallinas del corral, gatos tampoco quedan. Tendré que
comprar más gallinas, algún pavo, y hacerme con un par de cabritillos. Cada vez
tienes más hambre. Pero lo que más me preocupa es que ya no pareces conocerme.
¿Y si un día decides morderme a mí? ¿Harías eso? Lo mejor va a ser trasladarte.
Pero no te preocupes, seguiré cuidándote.
—¿Te
ha gustado tu regalo de cumpleaños? ¿Estaba bueno el ternero? Me sentaré aquí a leerte algo. ¿Qué te
apetece? Estos son los que he traído. Pasaremos un buen rato, como todas las
tardes.
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